Marko prepara el ahumador con cáscaras secas, prueba el aire, sonríe y dice que la prisa no combina con miel. Te ofrece sostener el marco más pesado, y al ver tu temblor, bromea para que respires. Señala una abeja marcada, cuenta su edad, explica cómo decide la colonia y cuándo es mejor observar. Al cerrar la tapa, coloca una tablilla pintada y promete enviarte la receta de su hidromiel. Te vas con miel en los dedos y calma en el pecho.
Ana pide que coloques los hombros sueltos, apoya tu muñeca y marca un compás suave sobre la mesa. Cada corrección suya parece una caricia al tiempo. Se ríe al contar que, de niña, aprendió a deshacer antes que a avanzar, porque así se entiende la estructura. Al final, te regala un didáctico trocito con tres errores señalados y una nota: recuerda respirar. Caminas ligero, escuchando todavía el golpeteo amable de madera que te enseñó a mirar hilos con paciencia.
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