En noviembre, los pueblos celebran el paso del mosto a vino con oraciones, risas y un menú generoso. Se escuchan brindis que reconocen el esfuerzo en la viña y la paciencia de los toneles. La oca asada cruje, el repollo perfuma, y los pasos suenan ligeros entre brindis sinceros. La comunidad aprende sobre equilibrio, prudencia y gratitud, porque cada cosecha enseña. Si visitas, pregunta por las pequeñas bodegas familiares y escucha sus relatos, siempre servidos con una copa amable.
La potica, con su espiral de nueces o amapola, reúne generaciones alrededor de la mesa. Amasar, esperar y hornear son verbos que enseñan paciencia y cariño. Mientras la casa se impregna de un aroma acogedor, alguien relata la vez que el relleno se desbordó y aun así todos aplaudieron. Las festividades multiplican bandejas y sonrisas, y cada porción lleva buenos deseos. Compartir una rebanada abre conversaciones sinceras sobre lo que importa: tiempo, compañía, memoria y futuro común.
Cuando las uvas se convierten en jugo y las manos quedan moradas, las mesas del campo se llenan de guisos sencillos, pan crujiente y canciones sin prisa. La vendimia une generaciones que cortan, transportan y ríen, bajo soles cambiantes. Después del trabajo, se celebra sin lujos, pero con abundancia de historias y proyectos. Vecinos que quizá no se ven a diario retoman complicidades. Invitan a forasteros a probar y ayudar, porque entre risas y panes nacen amistades duraderas y memorias dulces.
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